El sábado estuve de ‘shopping’ y tras casi seis horas en "el templo" llegué a casa con los pies que no me cabían en las tacas. Parecían jamones de fiesta de quinceañero.
Y es que no hay forma que me baje de las tacas. Primero muerta que sencilla. Así sea para ir al colmado de la esquina a comprar mangos y guineos. Porque por el hecho de que una vaya de compras no quiere decir que se va a endilgar con lo primero que encuentra. No es asunto de agarrar los ‘leggings’, la camiseta del 10K que caminaste el año pasado y las chancletas mete dedo. Y con todo y dubi irte para Plaza. Que empeño ese de andar con la cabeza llena de pinches… (Los dubis me ponen de cama.) Ese día me encontré con mi amiga Tata, que hacía un "mundo" que no la veía. (Unos dos años, es que me gusta exagerar.) Ella se casó y desde el bautizo de su hijo perdí contacto con ella. (¿Por qué será que a las amigas solteras no nos invitan a los cumpleaños?)
Me la encontré de frente y, por un momento pasé por una de esas situaciones embarazosas donde la persona te llama por tu nombre, te besa, te abraza, te pregunta hasta por el gato (con nombre y apellido) y una con la mente en blanco, escarbando el cerebro y preguntando "¿de dónde conozco a esta mujer… de dónde será?".
Cuando me dijo que era Tata poco me faltó para que se me viraran los ojos. Esta mujer era espectacular, siempre exacta. En la universidad le llamaban "Tata, la diva". Y ni hablar cuando empezó a trabajar en el bufete de abogados. Su pelo siempre lacio como palito, los ojos impecables con su delineador y mascara. En fin, perfecta de la cabeza a los pies. Fue Tata la que me cayó arriba con la perorata de usar cremitas para los ojos y la cara. Es más fue la que insistió en que usara lápiz labial rojo y me adentrara en el fabuloso mundo del ‘smoky eyes".
Aún no salgo de mi asombro. Tata lucía tan descuidada. Eso sí, aún mantiene el peso de sus años de universitaria. El pelo gritaba ¡tinte! y la camiseta percudida no le ayudaba. Le pregunté cómo le iban las cosas. Para mi asombro, me dijo que todo bien. Que entró un momento al ‘mall’ a comprar unas cosas, que estaba en el supermercado y que tenía cita con el estilista. (Eso explica lo de las raíces.)
Solté un respiro de alivio. Por un momento, pensé que a Tata la rutina y los compromisos familiares se la habían tragado y que como muchas amigas había cedido su tiempo de mimarse, de darse cariño.
Esto no es un discurso banal. Es que al cuerpo hay que humectarlo con buenas dosis de cuidado. Y sí, es bueno hacer yoga y ser humildes y desprendidas, por aquello del karma, pero con nuestra apariencia… ¡jamás! Eso es alimento para el alma y el espíritu. Ciao!